Ya sé que no me vais a creer, pero fuimos a la agencia de leasing con las ideas muy claras: un coche que gastara poca gasolina.
Pero parece ser que la agencia intermediaria que lo gestiona consideró que, al tener dos niños pequeños, necesitaríamos algo grande. Empiezo a darme cuenta que aquí, al acceder a la maternidad/paternidad, pasas a "otra vida". Está casi mal visto vivir con niños en la ciudad (los mejores coles están a las afueras, por ejemplo), y parece obligatorio pasar a conducir un camión. Con lo que nos habíamos resistido nosotros a cambiar el Megane en España...
A mi me sorprende muchísimo que, con lo green que se consideran aquí, muevan semejantes coches todos los días para llevar a los niños al colegio.
En fin, que esto fue lo que nos han "colocado":
(Mamá, la niña va en pijama como consecuencia del jet lag. No te preocupes, que suelo vestirla todos los días).
Yo aún no me he atrevido a conducirlo. Hasta que no lo haya conducido varias veces, me resistiré a conducir el tanque sin la compañía de otro adulto.
Y el papi no lo lleva nada bien aún, parece ser. Con deciros que al house hunting (ya hablaré de ello en otra entrada) prefirió llevarnos en el mini-coche de la agente que nos está ayudando a pesar de ir como sardinas en lata...
Pero bueno, supongo que nos acostumbraremos y si no, se supone que podemos cambiarlo si conseguimos convencer a la agencia de que no necesitamos algo tan grande. Por lo demás, el coche está estupendo. No le falta detalle. ¡Hasta tiene camarita para ver la parte de atrás al aparcar!
Y también cabe la posibilidad de que nos acostumbremos tanto que el Megane nos parezca de juguete al volver.
viernes, 29 de marzo de 2013
jueves, 28 de marzo de 2013
Ice Skating
Desde que probé el patinaje sobre hielo (me encanta, me encanta, me encanta), decidí que cuando tuviera hijos les apuntaría a aprender desde pequeños para que pudieran hacer esas cosas estupendísimas que hacían los hijos de otros y yo era incapaz de hacer.
Sí, ya sé que no se debe trasmitir a los hijos las frustraciones de los padres, y que quizá el grandullón prefiera el fútbol y la canija el baloncesto, pero... ¿podemos hacer una excepción con el patinaje sobre hielo, por favor??? por favor, por favor?
Dejé las clases en Madrid durante el embarazo del grandullón. Luego lo retomé brevemente pero resultó difícil compaginar los horarios. Y decidí que lo retomaría cuando pudiéramos ir juntos (cuando el grandullón tuviera 5 años que es la edad mínima en las clases a las que yo asistía).
Pero resulta que aquí, en San Francisco, pueden empezar a los 3 años. Y, para suerte nuestra (o mía), había hueco en una clase de "Parent & Me" aunque el curso ya estaba empezado. Así que, convencí al grandullón para probarlo. Le enseñé vídeos de niños patinando, de patinadores adultos impresionantes, incluso de snoopy patinando (no es nada fácil convencer al grandullón de apuntarse a absolutamente nada que no sea jugar a su aire).
Y, lo más importante de todo, el jet lag nos respetó un ratito.
Él estaba muy seguro de sí mismo mientras esperábamos a su padre para que se quedara con la canija durante la clase. Me contaba que iba a dar muchas vueltas muy rápido y que no iba a poder pillarle. Hasta que entró en la pista y comprobó lo mucho que resbalaba el hielo. Nada más entrar se quedó, literalmente, colgado de mi brazo en el aire. Y se pasó casi toda la clase en el suelo comiendo hielo (fué lo que más le gustó).
Más o menos así transcurrió la clase:
Pero... aprendió a levantarse él solito y a dar unos cuantos pasos (sin deslizarse, eso sí) hasta las caritas sonrientes que la profesora pintaba en el hielo. En fin, que a mí me parece que, cuando se esforzaba, conseguía hacerlo muy bien. Lo malo es eso precisamente, conseguir que quiera esforzarse...
Y la profesora también le felicitó (aunque, claro, ella tenía interés en que repitiéramos, no sé si cuenta).
Al acabar la clase teníamos que decidir si nos apuntábamos al resto de la "serie" de clases o no. Más o menos esta fue la conversación que tuvimos:
Yo: Bueno, entonces nos apuntamos para venir más días, ¿verdad?
Grandullón: No, yo no quiero venir más días, que no me gusta caerme y hacerme daño.
Yo: Pero cuando aprendas ya no te vas a caer. Mira, mira cómo lo hago yo porque aprendí.
Grandullón: Ya, pero yo me caigo y me hago daño en el culo. Duele mucho.
Yo: ¡Jo! Pero si somos un equipo. Si tu no vienes, ¿con quién vengo yo?
Grandullón: Pues con papá.
Yo: Papá no sabe patinar. Se cae más que tu. Yo quiero venir contigo, que me ha gustado mucho.
Grandullón: Pero es que me caigo y me hago mucho daño (y dale con que se cae; la fama cuesta, chiquillo!!!)
Yo: Bueno, pero vamos a probar un poco más. Ya verás como pronto dejas de caerte tanto. Además, mira, hay un tiovivo a la entrada. Podemos montarnos en él antes de las clases.
Grandullón: ¿Sí? ¿Antes de toooodas las clases?
Yo: Sí, antes de tooodas, para coger fuerzas.
Grandullón: ¿Y también después para que se me cure el culo? (abusando ya...)
Yo: No, después no que ya está cerrado, sólo antes.
Grandullón: Bueeeeno, pues vale.
Así que, nos hemos apuntado a lo que queda de curso. Ya sé que no es la mejor forma de conseguirlo, pero bueno. ¡¡¡Seguro que al acabar el curso le encanta!!!
Sí, ya sé que no se debe trasmitir a los hijos las frustraciones de los padres, y que quizá el grandullón prefiera el fútbol y la canija el baloncesto, pero... ¿podemos hacer una excepción con el patinaje sobre hielo, por favor??? por favor, por favor?
Dejé las clases en Madrid durante el embarazo del grandullón. Luego lo retomé brevemente pero resultó difícil compaginar los horarios. Y decidí que lo retomaría cuando pudiéramos ir juntos (cuando el grandullón tuviera 5 años que es la edad mínima en las clases a las que yo asistía).
Pero resulta que aquí, en San Francisco, pueden empezar a los 3 años. Y, para suerte nuestra (o mía), había hueco en una clase de "Parent & Me" aunque el curso ya estaba empezado. Así que, convencí al grandullón para probarlo. Le enseñé vídeos de niños patinando, de patinadores adultos impresionantes, incluso de snoopy patinando (no es nada fácil convencer al grandullón de apuntarse a absolutamente nada que no sea jugar a su aire).
Y, lo más importante de todo, el jet lag nos respetó un ratito.
Él estaba muy seguro de sí mismo mientras esperábamos a su padre para que se quedara con la canija durante la clase. Me contaba que iba a dar muchas vueltas muy rápido y que no iba a poder pillarle. Hasta que entró en la pista y comprobó lo mucho que resbalaba el hielo. Nada más entrar se quedó, literalmente, colgado de mi brazo en el aire. Y se pasó casi toda la clase en el suelo comiendo hielo (fué lo que más le gustó).
Más o menos así transcurrió la clase:
Pero... aprendió a levantarse él solito y a dar unos cuantos pasos (sin deslizarse, eso sí) hasta las caritas sonrientes que la profesora pintaba en el hielo. En fin, que a mí me parece que, cuando se esforzaba, conseguía hacerlo muy bien. Lo malo es eso precisamente, conseguir que quiera esforzarse...
Y la profesora también le felicitó (aunque, claro, ella tenía interés en que repitiéramos, no sé si cuenta).
Al acabar la clase teníamos que decidir si nos apuntábamos al resto de la "serie" de clases o no. Más o menos esta fue la conversación que tuvimos:
Yo: Bueno, entonces nos apuntamos para venir más días, ¿verdad?
Grandullón: No, yo no quiero venir más días, que no me gusta caerme y hacerme daño.
Yo: Pero cuando aprendas ya no te vas a caer. Mira, mira cómo lo hago yo porque aprendí.
Grandullón: Ya, pero yo me caigo y me hago daño en el culo. Duele mucho.
Yo: ¡Jo! Pero si somos un equipo. Si tu no vienes, ¿con quién vengo yo?
Grandullón: Pues con papá.
Yo: Papá no sabe patinar. Se cae más que tu. Yo quiero venir contigo, que me ha gustado mucho.
Grandullón: Pero es que me caigo y me hago mucho daño (y dale con que se cae; la fama cuesta, chiquillo!!!)
Yo: Bueno, pero vamos a probar un poco más. Ya verás como pronto dejas de caerte tanto. Además, mira, hay un tiovivo a la entrada. Podemos montarnos en él antes de las clases.
Grandullón: ¿Sí? ¿Antes de toooodas las clases?
Yo: Sí, antes de tooodas, para coger fuerzas.
Grandullón: ¿Y también después para que se me cure el culo? (abusando ya...)
Yo: No, después no que ya está cerrado, sólo antes.
Grandullón: Bueeeeno, pues vale.
Así que, nos hemos apuntado a lo que queda de curso. Ya sé que no es la mejor forma de conseguirlo, pero bueno. ¡¡¡Seguro que al acabar el curso le encanta!!!
miércoles, 27 de marzo de 2013
El Grandullón, la Canija y el JetLag
Cualquiera que haya viajado a países con unas cuantas horas de diferencia conoce esa sensación extraña de desajuste entre lo que tu cuerpo te pide y lo que el reloj te dice que deberías estar haciendo.
Ahora mismo tenemos 8 horas de diferencia con España, así que somos víctimas indiscutibles del jet lag.
Los adultos podemos recurrir a "trucos" para superarlo cuanto antes: hacer lo imposible por mantener los ojos abiertos al menos hasta las 9-10 de la noche a pesar de que tus párpados comiencen a pesar terriblemente a las 6 de la tarde, por ejemplo.
Pero con niños... con niños es otra historia. Para que os hagáis una idea, el primer día, a las 5 de la tarde, estaba en un supermercado comprando la que iba a ser nuestra primera cena, con la canija en el carrito y el grandullón a pie. Al ir a pagar, moví un poco el carrito para meter la compra debajo y, al hacerlo, veo horrorizada que el grandullón, semi-dormido y con los ojos completamente cerrados, mueve el brazo para agarrarse al carrito en la posición en la que estaba antes y, al hacerlo, se cae de bruces. Os podéis imaginar la cara de la cajera (a duras penas conseguí explicarle que el niño no se había desmayado, que es que acabábamos de llegar de Europa).
El resto del camino a casa desde el supermercado trancurrió con el grandullón arrastrando los pies con los ojos cerrados y tropezando continuamente. Y, por supuesto, no cenó.
Obviamente, a las 3 de la mañana se despertó con un hambre terrible y con las pilas puestas.
Y la canija lo lleva parecido, aunque ella no se cae en la calle porque va en el carrito (sí, mamá, esta aclaración es por ti, que sé que le cuentas los chichones a la canija).
Consecuencias:
- No tengo claro cuántas comidas hacen al día.
- Se van a la cama sin cenar casi todos los días.
- Se bañan menos de lo que deberían.
- No sé cuántos días le he dado al final los antibióticos a la canija y los horarios en los que se los he dado han sido más flexibles de lo que deberían (disculpadme si he colaborado a crear bacterias resistentes a los antibióticos; es que no sabía qué hora era...).
- Desayunan, de media, a las 4 de la mañana.
- Hemos llegado a comer a las 10 de la mañana cualquier cosa que hemos encontrado porque aún no estaba la comida hecha (obviamente).
- La canija llora más de lo que le toca (y nunca sé si es de hambre o de sueño).
- La cajera del súper le pregunta al grandullón qué tal ha dormido cada vez que le ve.
En fin, que llevamos el tipo de vida que haría que mi madre dijera que no le cuidamos bien a los nietos. Y ya llevamos aquí casi una semana y la mejoría es muy leve.
Y, ¿lo peor de todo? Que hasta que no se acostumbren ellos, nosotros no podremos superarlo.
Ahora mismo tenemos 8 horas de diferencia con España, así que somos víctimas indiscutibles del jet lag.
Los adultos podemos recurrir a "trucos" para superarlo cuanto antes: hacer lo imposible por mantener los ojos abiertos al menos hasta las 9-10 de la noche a pesar de que tus párpados comiencen a pesar terriblemente a las 6 de la tarde, por ejemplo.
Pero con niños... con niños es otra historia. Para que os hagáis una idea, el primer día, a las 5 de la tarde, estaba en un supermercado comprando la que iba a ser nuestra primera cena, con la canija en el carrito y el grandullón a pie. Al ir a pagar, moví un poco el carrito para meter la compra debajo y, al hacerlo, veo horrorizada que el grandullón, semi-dormido y con los ojos completamente cerrados, mueve el brazo para agarrarse al carrito en la posición en la que estaba antes y, al hacerlo, se cae de bruces. Os podéis imaginar la cara de la cajera (a duras penas conseguí explicarle que el niño no se había desmayado, que es que acabábamos de llegar de Europa).
El resto del camino a casa desde el supermercado trancurrió con el grandullón arrastrando los pies con los ojos cerrados y tropezando continuamente. Y, por supuesto, no cenó.
Obviamente, a las 3 de la mañana se despertó con un hambre terrible y con las pilas puestas.
Y la canija lo lleva parecido, aunque ella no se cae en la calle porque va en el carrito (sí, mamá, esta aclaración es por ti, que sé que le cuentas los chichones a la canija).
Consecuencias:
- No tengo claro cuántas comidas hacen al día.
- Se van a la cama sin cenar casi todos los días.
- Se bañan menos de lo que deberían.
- No sé cuántos días le he dado al final los antibióticos a la canija y los horarios en los que se los he dado han sido más flexibles de lo que deberían (disculpadme si he colaborado a crear bacterias resistentes a los antibióticos; es que no sabía qué hora era...).
- Desayunan, de media, a las 4 de la mañana.
- Hemos llegado a comer a las 10 de la mañana cualquier cosa que hemos encontrado porque aún no estaba la comida hecha (obviamente).
- La canija llora más de lo que le toca (y nunca sé si es de hambre o de sueño).
- La cajera del súper le pregunta al grandullón qué tal ha dormido cada vez que le ve.
En fin, que llevamos el tipo de vida que haría que mi madre dijera que no le cuidamos bien a los nietos. Y ya llevamos aquí casi una semana y la mejoría es muy leve.
Y, ¿lo peor de todo? Que hasta que no se acostumbren ellos, nosotros no podremos superarlo.
lunes, 25 de marzo de 2013
Las 8 cosas que más nos han llamado la atención - De momento
1.- La gente habla muy bajo. Los niños hablan muy bajo. Apenas hacen ruido por las calles. Los parques infantiles que hemos visitado estos días son los más silenciosos que he visto nunca. A ver cómo acostumbro ahora al grandullón a este nuevo tono; que aquí parece un verdulero.
2.- Se puede pagar el taxi con la tarjeta en el móvil del taxista y el justificante te llega por correo electrónico o por SMS. Y en España te ponen mala cara si quieres pagar con tarjeta... :-(
3.- El pagar con tarjeta no te "exime" del pago de la propina. En el justificante de firma hay un apartado para que indiques la propina y, supongo, te la cargarán luego. Mejor no pensar cómo, que da miedito.
4.- Los carritos de la compra no se pueden "alejar" del supermercado. Si los sacas de un perímetro establecido, se bloquean. Con la de carritos que había en el garaje de mi casa madrileña para facilitar el vaciado de los maleteros y posterior subida a casa de la compra!
5.- En SF no hay viejos (salvo en el barrio chino). A mí me da la impresión de estar paseando por un campus universitario enorme.
6.- Los perros están invitados a todas las fiestas y deben ser los reyes de muchas casas.
7.- Los albañiles, antes de comenzar a trabajar, forman un círculo y hacen ejercicios de calentamiento. Tiene lógica, pero llama la atención. Y quizá sólo sean los albañiles de enfrente de nuestro apartamento, quién sabe!
8.- Lo orgánico está de moda. Me estoy sintiendo muy culpable por haber alimentado al grandullón con yogures de leche de vacas en las que se habían utilizado antibióticos.
El Viaje
Un niño, una bebé, unas ocho maletas y 16 horas de avión por delante (y sólo cuatro brazos adultos). Temblaba sólo de pensarlo, la verdad. Y, a todo esto se le añadió: trayecto en AVE Valladolid-Madrid y una bolsa llena de medicamentos para la canija que llevaba días con fiebre.
Pero... contra todo pronóstico, el viaje no fue tan terrible como pintaba. El AVE pasó volando (canija semi-drogada y grandullón emocionadísimo porque al fin iba a ir a San Francisco), el taxi-bus estaba esperándonos como le correspondía, pudimos coger las maletas que habíamos dejado en el trastero madrileño casi dos meses antes sin problemas y llegamos al aeropuerto a tiempo.
Y del trayecto en avión qué puedo decir!... que en Bussiness todo es otra cosa...
Para que os hagáis una idea los que no habéis tenido la suerte de viajar así, ved cómo se pasó el grandullón gran parte del vuelo Londres-San Francisco:
Y a su ladito yo, en actitud similar y con la canija durmiendo encima.
Y así es como llegamos a San Francisco (después del rutinario encuentro con inmigración, que nos llevó 1 hora larga):
Que ahora que veo la foto veo que tenía razón mi madre y teníamos que haber apartado un poco a la canija. Se le cae la torre encima y la deja hecha un filetillo ruso... :-(
Pero... contra todo pronóstico, el viaje no fue tan terrible como pintaba. El AVE pasó volando (canija semi-drogada y grandullón emocionadísimo porque al fin iba a ir a San Francisco), el taxi-bus estaba esperándonos como le correspondía, pudimos coger las maletas que habíamos dejado en el trastero madrileño casi dos meses antes sin problemas y llegamos al aeropuerto a tiempo.
Y del trayecto en avión qué puedo decir!... que en Bussiness todo es otra cosa...
Para que os hagáis una idea los que no habéis tenido la suerte de viajar así, ved cómo se pasó el grandullón gran parte del vuelo Londres-San Francisco:
Y a su ladito yo, en actitud similar y con la canija durmiendo encima.
Y así es como llegamos a San Francisco (después del rutinario encuentro con inmigración, que nos llevó 1 hora larga):
Que ahora que veo la foto veo que tenía razón mi madre y teníamos que haber apartado un poco a la canija. Se le cae la torre encima y la deja hecha un filetillo ruso... :-(
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